El verano que no cabía en el carrete: mis fotos de las Cíes de joven

Navieras

Ayer por la tarde, revolviendo en el fondo de un altillo buscando unas herramientas, di con una caja de zapatos de cartón desgastado que creía perdida. Al levantar la tapa, una marea de sobres de revelado de farmacia y esquinas rizadas de papel fotográfico me devolvió de golpe a principios de los años noventa. En medio de aquel desorden de negativos y fotos fechadas con sello naranja, apareció un fajo atado con una goma elástica cuarteada. En el lomo del primer sobre, escrito con rotulador azul permanente, solo ponía una palabra: Cíes.

Extender aquellas copias sobre la mesa del salón fue como encender un proyector directo a mi juventud. Las imágenes tenían esa textura granulada inconfundible del carrete de 35 milímetros, con colores ligeramente virados hacia el amarillo por el paso de las décadas, pero con una viveza emocional que ninguna pantalla de teléfono podrá replicar jamás. En la primera toma asomaba la proa del catamarán surcando una ría de Vigo azul cobalto, cargada de mochilas con esterillas enrolladas, neveras portátiles de plástico azul y un grupo de caras tostadas por el sol riéndose a carcajadas sin posar, con los ojos entrecerrados para esquivar la brisa salina.

Verme a mí mismo con veinte años recién cumplidos, en bañador desgastado y con el pelo lleno de salitre sobre la duna de Rodas, me arrancó una sonrisa nostálgica. En aquella época viajar a las islas tenía un sabor a libertad salvaje e improvisada que hoy parece de otro planeta. No había reservas digitales con meses de antelación, códigos QR ni limitaciones milimétricas. Llegábamos al muelle con lo puesto y la tienda de campaña canadiense al hombro, dispuestos a pasar cuatro días durmiendo sobre raíces de pino, comiendo latas de conserva y bebiendo agua de las fuentes de piedra después de subir descalzos desde la orilla.

Las fotos capturan detalles que la memoria suele desdibujar. Una toma movida del camping al atardecer, con las cuerdas de las tiendas cruzándose como telarañas bajo la sombra densa de los eucaliptos; el brillo cegador del lago dos Nenos con la marea baja, donde el agua parecía un espejo perfecto entre dos montañas de granito; y esa imagen mítica de la pandilla sentada en el muelle de madera, con las piernas colgando sobre el agua cristalina mientras esperábamos el último barco bajo un cielo teñido de violeta y naranja.

Mirar aquellas fotografías no es solo un ejercicio de melancolía por el tiempo que vuela, sino un homenaje a la ingenuidad con la que habitábamos los paraísos cercanos. No nos preocupaba el encuadre perfecto ni acumular testimonios para enseñarlos a nadie; el carrete tenía veinticuatro disparos y cada foto era un pacto silencioso para atrapar un segundo de felicidad pura. Guardé de nuevo las fotos de cíes en su sobre con un cuidado casi reverencial, agradecido de haber vivido las Cíes cuando éramos jóvenes, invencibles y el mundo entero cabía en una isla en medio del mar.

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