El invierno empieza en Asturias: Mi aventura comprando troncos para la chimenea del pueblo

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Cada año, cuando empieza a refrescar y las primeras nubes se agarran a las montañas, sé que ha llegado el momento de una de mis pequeñas tradiciones: viajar para comprar troncos de madera en asturias que calentarán mi casa del pueblo durante el invierno. Puede parecer un paso más de la rutina rural, pero para mí se ha convertido en un ritual casi íntimo, una forma de conectar con la tierra y con mis propios recuerdos.

La primera vez que lo hice no tenía ni idea de por dónde empezar. Solo sabía que quería buena leña, de esas que arden despacio y perfuman la casa con ese olor que me recuerda a los inviernos de antes. Así que me subí al coche, dejé atrás la autopista y me interné por carreteras secundarias, rodeadas de prados verdes que parecían no tener fin. Asturias siempre me recibe igual: húmeda, intensa y honesta.

Busqué a productores locales porque me gusta saber de dónde viene la madera que voy a quemar. Me habían recomendado preguntar por roble y castaño, y así lo hice. En una pequeña explotación familiar me atendió un hombre mayor, de esos que parecen conocer cada tronco que han cortado. Me explicó las diferencias entre las maderas, cómo se secan, cuánto pesan y cómo calientan. Me di cuenta de que comprar leña no es solo elegir troncos: es aprender a entenderlos.

Mientras me preparaban el pedido, caminé entre las pilas perfectamente ordenadas. Había troncos claros, oscuros, rugosos, recién cortados y otros más secos. Al tocarlos sentí esa textura que solo tiene la madera que ha pasado tiempo al aire libre, endurecida por la lluvia y el frío. De alguna manera, imaginar esos troncos crepitando luego en mi chimenea me hizo sonreír.

El transporte fue otro pequeño desafío. Ver cómo cargaban la camioneta con cuidado, tronco a tronco, me transmitió una especie de respeto por el oficio. Cuando finalmente conduje de vuelta al pueblo con el olor de la madera impregnando el interior del coche, supe que el invierno ya estaba en camino.

Ahora, cada vez que enciendo la chimenea y escucho ese primer crujido, recuerdo mi viaje a Asturias. Y comprendo que no se trata solo de calentar la casa: se trata de mantener vivas pequeñas tradiciones que hacen que el invierno, lejos de ser gris, tenga también su propia calidez.

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